—¡Yo que lo diga! Imaginaos, yo que tenía a Luiza y también a Lis en casa. Lis no tanto, siempre fue muy tímida y reservada, pero Luiza, por Dios, habla por los codos. A veces organizaba ventas de garaje o reuniones con sus amigas. Dios, me obligaba a quedarme con ella allí. Pedía la muerte, no mentiré. Verlas hablar y contar chismes de esto y de aquello, en serio, terrible. Pero no mentiré, hasta me gustaba, ¿sabéis? Con el tiempo te acostumbras. Es solo cuestión de tiempo. ¿Y tú, Benicio? ¿Có