Salí del comedor con pasos rápidos, casi tropezando con el umbral de la puerta. Sentía un nudo en la garganta y una presión en el pecho que amenazaba con explotar. El aire fresco del pasillo me golpeó, pero no logró calmar el torbellino en mi mente. Me apoyé contra una pared, cerrando los ojos mientras intentaba regular mi respiración.
Los ecos de los pasos de Dimitri me hicieron girar la cabeza. Su voz era urgente, casi desesperada:
—Kate, por favor, espera.
No quería verlo, no podía enfrentar