La dureza de su mirada me heló por completo. Por primera vez no vi duda ni titubeo en sus palabras, y mucho menos en sus ojos, y eso era una señal clara de que la estaba perdiendo.
—¿Qué hacía ella aquí?
Me giré, encontrándome a Alba en la entrada de mi despacho. La observé incrédulo y me acerqué a pasos agigantados.
—Tiene todo el derecho de estar aquí porque esta sigue siendo su casa y sigue siendo mi esposa. La que no tiene nada que hacer aquí eres tú, Alba.
—Vine por ti porque pensé que era