—¡Chico! Sé que ustedes dos están coludidos. Si no quieres que le pase nada, ¡mejor suéltenla ya! —Liliana levantaba su espada, amenazando con voz firme.
Si no hubiera sido por la herida, no habría recurrido a este método de tomar rehenes.
—¿Por qué? ¿Por qué? —Julieta se desploma al suelo, llorando como lluvia, como si hubiera perdido el alma, murmurando para sí.
Al ver esta escena, Pedro frunció el ceño y finalmente asintió:
—Está bien, sueltas a Julieta, y yo perdonaré a tu discípulo mayor.
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