—No se preocupen, si actúo, asumo las consecuencias yo solo. No los arrastraré a ustedes. Claro, si tienen miedo, pueden irse antes y haré como que no he visto nada —dijo Pedro con indiferencia.
Sus escasas palabras lograron humillar a Isidoro y a Cristóbal.
Sobre todo, la mirada de las tres mujeres los hizo sentir como si tuvieran la cara en llamas.
Ser menospreciados por un simple médico era una auténtica deshonra.
—¡Joven! ¡Estás condenado! ¡Todos ustedes están condenados! —gruñó un hombre d