—¿Eh?
Sergio y sus dos compañeros palidecieron de repente, retrocediendo instintivamente unos pasos.
En ese momento, experimentaron una sensación de crisis mortal tan intensa que sudaban fríamente y les hormigueaba el cuero cabelludo.
No es exagerado decir que si Horacio hubiera lanzado ese golpe, aunque no hubieran muerto, habrían resultado gravemente heridos.
—Horacio, más te vale no hacer locuras. Si te atreves a levantar la mano, ¡tú también morirás! —advirtió Sergio.
—Ya soy un hombre muert