En este momento, la ira de ella estaba a punto de consumirla por completo. Por otro lado, Alvaro Jiménez no mostraba signos de alteración ante sus palabras; era como si se hubiera transformado en otra persona.
Entregó su plato vacío a David, el mayordomo, y se acercó a Delicia. De un tirón, la atrajo hacia su pecho, sus brazos fuertes la aprisionaron con tanta fuerza que le resultó imposible liberarse.
—¡Suelta, bastardo! —exclamó ella.
—Parece que todavía no entiendes que lo que tenemos que res