Dos días después, los padres de Audrey firmaban un documento que los hacía propietarios otra vez de su amada casa.
— Pero no te entiendo papá, ¿Cómo es eso posible? — La rubia preguntó con el alma en vilo mientras le temblaba la mano con el móvil.
— Mi niña, yo tampoco lo entiendo, solo sé que el abogado del nuevo propietario nos contactó y nos dijo que él había decidido devolvernos la propiedad — trató de explicar.
— Pero no es lógico, papá, ¡Nadie regala una casa así de la nada! — Soltó impre