Punto de vista de Nadia
La mañana llegó despacio, extendiéndose por la ciudad como oro líquido derramándose sobre acero y vidrio. Me desperté en silencio, un tipo raro que se sentía tanto pacífico como antinatural. Adrian no estaba a mi lado. El apartamento parecía respirar en anticipación, con sombras curvándose a lo largo de las paredes como si estuvieran conscientes de la tormenta que se avecinaba.
Me vestí con cuidado, eligiendo deliberadamente un blazer azul marino sobre una blusa blanca impecable, simple pero innegable. Este no era un día para teatralidades: era un día para moverse, y para ser vista moviéndose con propósito. Cada paso contaba, cada gesto, cada mirada.
Adrian entró en la cocina mientras yo servía mi café, callado pero presente. Su expresión era indescifrable, compuesta, pero sus ojos traicionaban el peso de las revelaciones del día anterior.
"Están haciendo sus movimientos," dije suavemente, más para mí misma que para él.
"¿Ya?" preguntó. "¿Antes de que siquiera