El sol empezaba a ocultarse cuando bajaron al estacionamiento subterráneo del edificio Thompson. Las luces automáticas se encendieron al paso de Demian y Mariam. El eco de sus pasos parecía más fuerte en medio del silencio.
—Podrías haberlo golpeado —susurró Mariam, todavía molesta—. No lo hiciste por Sofía, ¿verdad?
Demian no respondió. Su cuerpo, tenso como una cuerda a punto de romperse, seguía caminando hacia el auto. Pero entonces se detuvo en seco.
—¿Qué…? —murmuró ella, pero él levantó u