—¿No es cierto? ¿Todo lo que se dice es una mentira? ¿Es falso que esa maldita mujer espera un hijo tuyo? —lo enfrento, aunque su silencio me da todas las respuestas—. ¡Respóndeme! ¡Querías hablar, así que habla!
—Primero déjame explicarte —replica, tragando con dificultad.
—¿Ese niño es tuyo o no? —exijo, sin importarme lo que tenga que decir.
Su mirada se fija en la mía por lo que parece una eternidad, y solo después de un largo silencio se atreve finalmente a hablar.
—Sí, es mío —responde, y