Abro los ojos de par en par por la sorpresa, y me toma solo unos segundos reaccionar, girando de inmediato hacia el abusivo que me quitó la botella.
—¡Oye, ese es mi vino! —grito molesta y, al mirar al descarado, casi me retracto de mis palabras por el hombre tan apuesto que tengo enfrente.
—Yo lo vi primero —responde el joven de cabello castaño y ojos color miel.
—No, yo lo vi primero —repliqué, volviendo en mí—. Devuélveme mi botella.
—Por supuesto que no, es mía —suelta sin más.
—No lo repet