—No tiene gracia —se queja, pero con una sonrisa—. Dame mis braguitas.
Finjo buscarlas y niego con la cabeza, entonces, las saco del bolsillo.
—¿Estás? Son mías.
—¿Tuyas?
—Sí, mías. Las colecciono.
Va en busca de su mono, y lo recoge de la silla donde lo he dejado doblado.
La ayudo a ponérselo.
—¿Y tienes muchas de estas?
No sería verdad, pero tengo la sensación por su mirada, de que si digo que sí me las comeré.
—No, de hecho, empecé la colección el día en que te conocí —confieso.
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