Ramiro
Desde las cinco de la mañana estaba sentado en un auto con Francisco, uno de los hombres de Margot.
Y ya quería morirme.
No solo porque llevaba horas sin mover el trasero, el cual ya sentía encalambrado. Sino porque él tenía la expresión más aburrida y seca que había visto en mi vida.
Habíamos estado observando la zona, evaluando posibles amenazas y supervisando los movimientos de los jefes de mi novia.
Mis jefes también.
Tres meses atrás, después de rogarle a Margot durante semanas que