Camila
—Lo siento —murmuré, mirando al abogado, que me observaba con empatía—. No debí perder el control.
—No es su culpa, señora Salinas, —respondió Mario con un tono amable pero serio—. Pero esto es justo lo que querían provocar. Tenemos que ser más cuidadosos a partir de ahora. No puede volver a caer en su juego.
Quise creerle, pero el miedo de que los perdiera para siempre seguía apretándome el pecho.
—Vamos, mi reina, —dijo Joaquín suavemente, besando mi cabello—. Esto no ha terminado. Va