El ala este ya no era un espacio vacío.
Durante los últimos días, el polvo había sido limpiado con una paciencia que yo misma no me habría atribuido antes de todo esto. Las ventanas habían sido lavadas por dentro y por fuera, y la luz del sol entraba ahora con una claridad que probablemente no había tenido en décadas, esa claridad limpia de los espacios que han sido recuperados después de un abandono largo. Pero aún no había muebles. Ni cortinas. Ni señales concretas de que alguien viviera ahí.