El sol entró por la única ventana de la cabaña como una lámina delgada de luz gris. No era un amanecer cálido, sino pálido, como si el día mismo dudara en llegar. Me desperté en el sofá, con una manta sobre los hombros que no recordaba haberme puesto.
Andrés estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada contra la pared y la mirada fija en la puerta. No parecía haber dormido. Tenía la carta de Daniela en las manos, doblada y guardada en el bolsillo de su chaqueta, como si temiera