El aire dentro de la sala de juntas estaba tan viciado por el miedo que casi se podía saborear. Era un sabor metálico, agrio, mezclado con el zumbido constante del proyector y el silencio sepulcral de doce personas conteniendo la respiración al mismo tiempo.
Sofía, la chica encargada de la presentación, estaba al borde del colapso. Su puntero láser temblaba visiblemente sobre la pantalla de proyección, haciendo bailar un punto rojo errático sobre un gráfico de barras descendente que, claramente