Hambre emocional

POV de Annie

Acababa de llegar al restaurante cuando miré el reloj por primera vez. Tenía menos tiempo del que creía. Siempre me pasaba lo mismo; calculaba mal los minutos porque, en el fondo, comer era el único momento del día en el que podía bajar la guardia sin que nadie me pidiera nada.

Me senté en la mesa de siempre, la del rincón, la que quedaba a espaldas de la entrada. Era una costumbre que no había pensado demasiado, pero ahora que lo hacía, tenía sentido. Podía comer sin sentir las miradas del resto.

El mesonero apareció casi de inmediato. No necesitó preguntarme nada.

—¿Lo de siempre o hoy venimos con hambre acumulada? —bromeó, con esa sonrisa cómplice que ya conocía.

Sonreí de vuelta, aunque apenas.

—Un poco de las dos —respondí.

Anotó rápido. Sabía el orden mejor que yo. Cuando se alejó, respiré hondo, como si acabara de soltar algo que llevaba apretado en el pecho desde hacía veinte minutos cuando hablé con mi prima Alice.

—No exageres, Sabes que ahora no puedo ayudarte. He gastado mucho en este viaje. —me había dicho.

No mencionó a mi madre ni siquiera me preguntó cómo estaba. Para ella, ese detalle siempre había sido secundario.

Mas, lo que sí me dijo y aún me tiene perturbada es que sólo va a casarse con él, por conveniencia.

¿Conveniencia? Así se refiere a él. Como si hablara de una inversión. Como si el hombre con el que iba a casarse fuera un cajero automático nada más. Siempre había guardado silencio, pero esta vez no pude contenerme. No pude dejar que hablara de él de ese modo cuando yo… siempre he estado enamorada de Thomas Miller en silencio.

Aún recuerdo la expresión en su rostro cuando lo defendí. Y lo que me dijo después, fue aún más doloroso.

—Lo defiendes como si te importara más que yo. ¿No me digas que estás enamorada de mi prometido? —dijo riendo—. Porque temo confesarte que no fue él quien te contrató. Yo lo convencí de hacerlo. Quería asegurarme de que no viniera ninguna “mujercita” a querer seducirlo. Thomas jamás se fijaría en alguien como tú.

En ese momento llegó la comida. El olor me envolvió y, sin pensarlo, empecé a comer rápido. No porque tuviera hambre sino porque necesitaba llenar algo en mi interior, ese vacío gigante que siempre he sentido desde muy niña.

Comía y pensaba al mismo tiempo. En la universidad, cuando lo vi por primera vez. En el día en que Alice me dijo que necesitaban una asistente y que había pensado en mí. En la noche en que celebré esa noticia sola, con un helado enorme de chocolate que me comí directamente del envase, sentada en la cama, llorando y riendo al mismo tiempo. Trabajar cerca de él había sido el mejor regalo que me había hecho la vida. Aunque él no lo supiera. Aunque nunca lo supiera.

Yo no aspiraba a más. O eso creía.

Sentí una sombra a mi lado antes de escuchar la voz.

—Buenas provecho, Annie.

Me atraganté. Literalmente. Levanté la vista con la boca aún llena y solo pude hacer un gesto torpe con la mano, como si eso fuera una respuesta aceptable. Sentí el calor subirme al rostro mientras tragaba a la fuerza.

Ahí estaba. Frente a mí, pero no para mí. A su lado, su socio. Jimmy. Su sonrisa fue rápida, ladeada, casi divertida, y no supe si se burlaba de la situación o de mí.

Ellos se alejaron hacia otra mesa. Yo bajé la mirada de inmediato. Aparté el plato como si de pronto me avergonzara la comida, como si comer fuera una falta grave. Me enderecé en la silla, tomé los cubiertos y empecé a masticar despacio, contando los movimientos, obligándome a no apresurarme.

Sabía que no tenía tiempo, pero aun así lo hice.

Levanté la vista sin querer y entonces lo vi mirándome. Sentí el corazón latiendo con fuerza dentro de mi pecho. No supe si estaba imaginándolo. Si era producto de mis ganas, de mis miedos o si me estaba volviendo paranoica. Bajé la vista otra vez, confundida.

El mesonero llegó con mi postre. Lo miré como se mira algo que se desea y se sabe perdido. Volví a mirar el reloj, faltaban poco de diez minutos, el tiempo que normalmente me llevo para llegar hasta mi oficina.

—¿Me lo pones para llevar? —susurré.

Él asintió de forma amable.

Mientras se alejaba intenté levantarme de la silla con cuidado de no hacer ruido, sin ser vista. Las piernas me temblaban, apenas me incorporé de mi asiento, tropecé con la pata de la silla y me fue hacia adelante. Aunque no me caí, el ruido bastó para que varias cabezas se giraran al mismo tiempo.

Alguien rió, no sé de donde provino aquella risa. Sentí que mis mejillas se encendían de vergüenza. Bajé la vista de inmediato, deseando que el suelo me tragara, que ese instante se evaporara, que nadie más me mirara.

Pero cuando volví a alzar los ojos, él me estaba mirando. Sin embargo, aquella mirada no era de burla, sino de compasión. Salí del restaurante de prisa, olvidando incluso mi postre.

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