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La puerta de la oficina se abrió de golpe, tan fuerte que rebotó contra la pared. Thomas irrumpió enardecido en su despacho. Tenía el rostro enrojecido y bufaba de la rabia.
Jimmy levantó la vista de inmediato tras escuchar el golpe. Estaba sentado en su silla, terminando el diseño de los planos que presentaría esa misma tarde ante los socios de Miller&constrution. Se incorporó dejando el lápiz de grafito sobre la mesa de trabajo. —¿Qué demonios te pasa? —preguntó, cruzándose de brazos. Thomas guardó silencio y caminó de un lado a otro de la oficina. Se pasó la mano por el cabello y exhaló con brusquedad. —Acabo de escuchar su maldita conversación —dijo por fin. Jimmy frunció el ceño y rodeó la mesa, acercándose a él. —¿De quién estás hablando? Thomas alzó la mirada. Sus ojos se veían más grises de lo normal, lo cual era el reflejo de la ira que estaba sintiendo. —Fui a la oficina de Annie a pedirle unos informes. —Hizo una pausa breve sólo para tomar aire—. Cuando iba a abrir la puerta, escuché la voz de Alice. —¿Alice? —cuestionó, entrecerrando los ojos—. ¿No me habías dicho que estaba de viaje? —Sí. —asintió Thomas—. Estaba hablando por videollamada con Annie. Apoyó ambas manos sobre el escritorio, bajó la cabeza unos segundos. Alzó la mirada y dejó escapar una risa breve cargada de sarcasmo. —¿A qué no adivinas que le dijo? Jimmy se encogió de hombros. No tenía idea de que pudo haber escuchado su socio para estar tan enojado. —Le ha dicho a Annie que su boda conmigo no era sino una transacción financiera. El pelinegro, acarició su barba, sorprendido. —Dijo que “casándose con el tonto de Thom aseguraría su futuro” —escupió—. Se ha estado burlando de mí, joder. —¿Y qué hiciste? —¡Nada! —replicó—. Me quedé escuchando como un imbécil y viendo como Annie me defendía de ella. Jimmy ladeó la cabeza. —¿La gorda? —preguntó sonriendo. —Annie —corrigió—. No vuelvas a referirte así de ella. Jimmy alzó las manos en señal de paz. —Está bien, está bien. Pero… ¿qué piensas hacer? Thomas se dirigió hacia la pared de vidrio, miró la ciudad que se tendía frente a sus ojos, pensativo. Finalmente habló: —No voy a permitir que Alice se siga burlando de mí —dijo sin mirarlo. —¿Piensas confrontarla? El pelirrubio suspiró hondo antes de voltearse hacia él. —No todavía. —dijo con firmeza—. No voy a darle ese gusto. —Entonces… ¿Qué piensas hacer? —Todavía no lo sé. —respondió con hostilidad. —No pensarás acabar con el compromiso… ¿o sí? —¡No! —gruñó—. Eso sería demasiado sencillo. Quiero que Alice tenga que suplicarme y pedirme que me case con ella. Quiero verla rendida a mis pies. Thomas respiró hondo. Miró su reloj de pulsera. —Ya va a ser la hora del almuerzo, —dijo tomando la chaqueta de espaldar de su sillón—. Vamos por un trago. No me apetece comer nada en este momento. —Pues yo sí que tengo hambre. Me comería hasta un tigre. El pelirrubio negó con su cabeza. Salieron de la oficina y se dirigieron al restaurante que quedaba a una cuadra de la empresa. Mientras Jimmy conversaba entusiasmado sobre su proyecto, Thomas no podía dejar de pensar en aquella conversación. En la manera despectiva y burlona con la que su prometida se refería a él, pero sobre todo en como Annie lo defendía: “No deberías expresarte así de él. Thomas te ama, es un hombre muy inteligente y sería capaz de todo por ti”. Thomas cerró los ojos un instante. Le costaba creer que todo aquello fuera verdad. Su prometida, la mujer que amaba, con la que iba a casarse, lo estaba usando. Si él mismo no hubiese escuchado con sus propios oídos aquella conversación, lo dudaría. Pero no. Había oído y visto perfectamente la escena desde la puerta. Annie estaba sentada en la silla, frente a su escritorio, de espaldas a él. Sostenía su móvil en la mano, y en la pantalla, aunque no alcanzaba a verla por completo, ya que su robusta asistente, le tapaba la visibilidad, estaba Alice. Su voz aguda y fría, la manera en que se expresaba de él. No había la menor duda de que era ella. Acababa de oír de sus propios labios –sin querer– lo, que estaba sucediendo a sus espaldas, o mejor dicho, frente a sus propias narices. Conclusión: Alice no lo amaba y eso dolía. Pero entonces… las cartas, los poemas, los aniversarios, las frases dichas al oído. ¿Había sido todo una mentira? —Llegamos —dijo Jimmy sosteniendo la puerta y sacando a Thomas de aquel momento de profunda introspección. Apenas ingresaron al restaurante, Thomas miró a la mujer sentada al final del pasillo, de espalda a la puerta. No tardó en reconocer que se trataba de ella. De Annie, su asistente.






