Mundo ficciónIniciar sesión...TORONTO, [ACTUALIDAD]...
El sonido firme de los tacones de Valeria se extendía por el pasillo de la oficina, marcando un ritmo constante que reflejaba perfectamente la vida que había construido. Ordenada, controlada… y cuidadosamente distante de todo aquello que alguna vez la rompió. Sostenía varios documentos entre sus manos, revisándolos con rapidez mientras avanzaba sin detenerse, con el teléfono sujeto entre su hombro y su oído. Sin embargo, bastó escuchar aquella pequeña voz al otro lado de la línea para que toda la tensión de su cuerpo se desvaneciera ligeramente, como si el mundo entero se redujera a ese instante.
—Muy bien, cariño — dijo con suavidad, empujando la puerta de su oficina con el hombro antes de entrar.
—¡Mamá! —exclamó la vocecita con emoción—. La maestra dice que soy muy inteligente para mi edad… ¿verdad que soy genial?
Valeria no pudo evitar sonreír mientras dejaba los documentos sobre su escritorio, acomodándolos con cuidado antes de apoyarse sobre la superficie.
—Claro que sí —respondió con ternura—. Mi pequeña Sofía es la más inteligente.
—¡Oye! —protestó otra voz de inmediato—. ¡Yo saqué la calificación más alta!
Valeria soltó una pequeña risa, renegando con la cabeza mientras rodeaba el escritorio para sentarse.
—¿Ah, sí?—preguntó divertida—. ¿Y quién es ese genio?
—¡Yo, mamá! — dijo el pequeño con orgullo —. Fui el primero en terminar mi trabajo y la maestra me felicitó.
—¡Pero yo hice el dibujo para mamá más bonito! —añadió Sofía rápidamente —. Y la maestra dijo que era especial.
Ante la pequeña guerra de sus pequeños, no pudo evitar cerrar los ojos por un segundo, disfrutando de ese pequeño caos que llenaba su vida.
—¡Está bien, está bien! —dijo con una sonrisa—. Entonces tengo a dos genios en casa… y además artistas.
—¡Sí! —respondieron ambos casi al mismo tiempo.
Por un momento, todo desapareció. El trabajo, las responsabilidades, el pasado… incluso los recuerdos que aún dolían. Ahora solo estaban ellos. Sus voces, sus risas… sus pequeños logros, que para ella significaban el mundo entero. Porque si algo tenía claro, era que ellos… Mateo y Sofía… eran lo mejor que le había pasado en la vida. Sus mayores tesoros y también la razón por la que había sobrevivido.
—¿A qué hora vienes por nosotros, mami?—preguntó Sofía con curiosidad.
Valeria miró el reloj en su muñeca y su sonrisa se suavizó, volviéndose un poco triste
—Hoy no podré ir yo, amor —respondió —. Pero el tío Cris estará ahí pronto, ¿si?
Hubo un pequeño silencio…
—Está bien… —dijo Sofía, aunque su voz ya no sonaba tan animada.
—Oigan… —añadió con suavidad—. Esta noche cenamos juntos y vemos una película. Lo prometo.
—¡Sí! —respondieron al unísono.
—Los amo… portense bien con el tío Cris, ¿vale? —susurro.
—¡Nosotros también te amamos, mamá! —contestaron ambos.
La llamada terminó, y el silencio volvió a llenar la oficina. Pero ya no era un silencio vacío. Valeria dejó el teléfono sobre el escritorio, observándolo por un instante más antes de recostarse ligeramente en la silla. Su mirada se perdió, y como tantas veces… los recuerdos regresaron sin pedir permiso.
Seis años.
Seis años desde que su vida había cambiado por completo, desde aquella noche en Seattle. Su expresión se endureció apenas, pero no luchó contra los recuerdos esta vez. Cuando descubrió que estaba embarazada, todo a su alrededor se vino abajo… no solo había perdido al hombre que amaba, también perdió el hogar al que creía pertenecer. Sus padres no lo entendieron. Para ellos, su embarazo era una vergüenza… y el hecho de que se negara a decir si Adrian era el padre… lo empeoró todo.
“ ¡No voy a involucrar a alguien que no quiere estar!” Fueron sus palabras en aquel entonces, aunque por dentro estuviera completamente destrozada.
Pero eso no fue suficiente. Nunca lo fue. La decepción en los ojos de su padre… el silencio de su madre… fueron más dolorosos que cualquier palabra, y al final , la echaron. Valeria cerró los ojos un instante, recordando lo difícil que había sido todo después de irse de casa. El miedo, la soledad y las noches sin saber qué hacer, pero incluso en medio de todo eso… nunca dudo. Porque dentro de ella ya no estaba solo su dolor, también estaban ellos… Mateo y Sofía. Sus más grandes motivos para seguir adelante. Toronto fue su escape, su oportunidad de empezar de nuevo. Llegó sin nada… sin nadie… sin saber siquiera si podría lograrlo, pero lo hizo. Porque no tenía otra opción, y fue ahí, cuando todo parecía más difícil… que apareció Emma. Una desconocida que , poco a poco , se convirtió en su única amiga. En su apoyo, en la única persona que estuvo a su lado cuando más lo necesitaba. Ella fue quien la ayudó cuando nacieron los gemelos y quien le ayudó a conseguir el trabajo que tiene ahora. Desde entonces… nunca se separaron.
Valeria abrió los ojos lentamente, respirando hondo. Había pasado por demasiado como para permitirse caer otra vez… había construido una vida, una estable lejos de Seattle. Lejos del pasado y de él. Su expresión se tenso apenas ante ese nombre, pero lo dejo pasar como siempre hacía. Ya no importaba. No podía importar… estaba tan sumergida en sus pensamientos hasta que un golpe en la puerta la sacó de ellos regresandola al presente..
—¿Si? —dijo, recuperando su tono habitual. La puerta se abrió a penas y una cabeza se asomó con una gran sonrisa traviesa.
—Toc, toc… ¿interrumpo?
Valeria no pudo evitar sonreír al instante.
—Para nada —respondió —. Pasa, Emma.
Emma entró como si la oficina también le perteneciera, cerrando la puerta detrás de ella antes de caminar con total confianza hasta el escritorio. Sin pedir permiso, se sentó en el borde, cruzando las piernas con naturalidad mientras dejaba caer su bolso a un lado.
—Necesito… urgentemente… una taza de café —declaró, llevándose una mano a la frente y haciendo una exagerada cara de cansancio. —Estoy muerta, es como si un auto me hubiera aplastado. Siento que no sobreviviré al día.
Valeria dejó escapar una risa suave, apoyándose contra el respaldo de su silla mientras la observaba.
—¿Y cómo no? —respondió con diversión —. Si anoche te encargaste de acabar con tres botellas de licor tu sola… y, para rematar, ni siquiera podías mantenerte en pie.
Emma hizo una mueca, llevándose la mano al pecho como si se sintiera ofendida. —Oye, eso es una exageración.
Valeria alzó una ceja, divertida. —¿Ah, si? ¿Sabes que te subiste a una de las mesas y comenzaste a gritar?
Emma se quedo inmovil.—... No —respondió lentamente —Y ahora tengo miedo de saberlo.
Valeria apoyó el codo sobre el escritorio, claramente disfrutando de la reacción asustada de su amiga.
—Dijiste “ ¡Los hombres son un desastre, pero yo soy peor!”—cito con total tranquilidad.
—¡¿Qué?!—gritó Emma, con sorpresa mientras sus ojos se abrían como platos —¡¿De verdad hice eso?!—Varias veces…—No… no, no lo recuerdo… y si no lo recuerdo no paso —murmuro ella negando con la cabeza —seguro que estás bromeando.—Ojala —comentó Valeria, y Emma dejó caer sus manos lentamente en shock—¿Y… por qué no me detuviste?.—¿Crees qué no lo intente?... pero estabas demasiado ocupada insultando a medio bar y declarando que ninguno estaba a tu altura.—... Creo que necesito renunciar y mudarme del país — murmuró Emma , parpadeando repetidas veces, mientras que Valeria seguía riendo y renegando con la cabeza.—Tranquila, no creo que nadie allí se acuerde de ello.—Yo sí —respondió Emma dramáticamente— Y eso es más que suficiente para querer desaparecer… pero al menos la pasamos bien…¿no?—Tú la pasaste bien. Yo estaba más ocupada evitando que hicieras un espectáculo.—¡Mentira! —protestó Emma —. Claramente te vi riendo.







