Simon no pudo resistirse a un desafío. Y ella iba a desafiarlo si era necesario. No sabía si realmente podría vencerlo, pero él no tenía por qué saber que no estaba segura. Era buena en las cartas, sin duda. Y era muy buena faroleando.
—¿Qué hay en juego? —preguntó él, y su corazón dio un vuelco. Lo había intrigado lo suficiente como para sacarlo de sus cavilaciones.
—Si gano, me llevas a hacer algo que me encantaría, pero que tú odias.
—¿Por ejemplo?
—No lo sé —dijo, mirando a su alrededor con