Se quitó la ropa y corrió a la ducha, pero ni siquiera el agua logró calmar sus nervios. Minutos después salió, se dirigió al armario y sacó una de sus camisas. Regresó al dormitorio, se la puso, pero pareció empeorar las cosas, pues ahora todo su cuerpo estaba impregnado de su aroma.
Dejó de caminar de un lado a otro y se sentó en el borde de la cama, preguntándose qué demonios le pasaba. No había venido a pasar la noche allí. Lo sabía, y estaba segura de que Simon también lo sabía. Su corazón