—Estoy bien —respondió Sara en voz baja—. No pasa nada.
Él asintió—. De acuerdo.
Esperaba que ella hablara. Que explicara por qué había venido, pero no encontraba las palabras. Además, su torso desnudo la distraía. Sintió que sus ojos se abrían de par en par al contemplar su bronceado espléndido. Mechones de cabello oscuro rozaban sus pectorales y se unían en una línea sedosa que descendía hasta la cintura de sus pantalones deportivos de tiro bajo, que apenas se ceñían a sus delgadas caderas. S