Alexander nos condujo a Estela y a mí al comedor del hospital. Adrien no podía comer antes de la cirugía y sería una tortura para él vernos comer.
Estela parloteaba sin tregua buscando animarme, pero yo apenas tenía fuerzas para responder. Me limitaba a sonreír mientras intentaba probar el plato que pedí: El mero olor del pescado me revolvía el estómago; terminé cambiándolo por el plato de mi mejor amiga. Y por más que respiré hondo, tratando de disipar el malestar, de contener pocos bocados. N