Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Leonardo
La puerta se cierra y por primera vez en años no sé qué hacer con mi propio cuerpo.
Me quedo en la penumbra, tirado de espaldas en una cama que no es mía, en un cuarto que huele a ella todavía, escuchando cómo sus pasos se apagan del otro lado de la puerta hasta que ya no se oye nada, y lucho contra una idea absurda, la de levantarme, salir detrás, alcanzarla en el pasillo y romper la única regla que ella puso, decir algo, cualquier cosa, un nombre, el mío, el que sea, con tal de que esto no se acabe cuando se cierre esa puerta.
No lo hago. Me quedo quieto, mirando el techo que no veo, con la respiración todavía descompuesta, sintiéndome como no me sentía desde hace tanto que ni recuerdo la última vez.
Me llevo una mano al abdomen sin pensarlo, ahí donde ella se detuvo.
La cicatriz.
Nadie me toca ahí. Nadie. En dieciséis años he estado con mujeres que ni la notaron, o que la notaron y tuvieron el buen tino de no decir nada, o que preguntaron y a las que aparté la mano de un manotazo, porque esa marca no es asunto de nadie, esa marca es lo último que me dejó mi madre antes de tirarnos a los dos al agua, es la noche entera cosida en mi piel, y yo aprendí hace mucho a vivir como si no estuviera. Y esta mujer, esta desconocida sin nombre y sin cara, la encontró a oscuras con la punta de los dedos y no preguntó, no se apartó, no hizo un drama. Solo se detuvo. Dejó la mano ahí un segundo, quieta, como quien reconoce un dolor sin necesidad de que se lo expliquen, y después siguió, y me devolvió al presente, a ella, a esa cama.
Y eso, esa nada, ese gesto mínimo, es lo que no me puedo sacar de encima ahora que se fue.
Me río solo en la oscuridad, una risa corta, incrédula, porque esto es exactamente lo último que Emiliano tenía en mente cuando me trajo aquí.
—Una noche —me dijo, empujándome el vaso—. Una sola, hermano, antes de que te encierres de por vida con una mujer que no elegiste. Regálate eso. Nadie lo va a saber, nadie te va a pedir cuentas, y el lunes eres otra vez el muerto en vida que vas a ser por el resto de tu matrimonio.
Me reí de él. Le dije que no, que qué ridiculez, que yo no pagaba por una mujer. Y él me arrastró igual, con esa labia suya que no acepta un no, y me sentó en una de esas cabinas oscuras frente a una pantalla, medio en broma, para que "al menos mirara".
Y entonces la subieron a la tarima.
No sé qué fue. Todavía no lo sé. Había otras antes, y no me moví por ninguna. Pero esa mujer parada bajo la luz, con el antifaz y el cuerpo tenso, con esa manera de sostener los hombros que era mitad desafío y mitad terror puro, esa mujer que claramente no pertenecía a ese lugar y que sin embargo estaba ahí, plantada, decidida a pasar por eso con la barbilla en alto… no pude apartar los ojos. Me intrigó de una forma que no supe explicar ni entonces ni ahora. Parecía asustada y aun así no bajó la cabeza ni una vez.
Y cuando empezó la puja, y vi a esos buitres subir la cifra de a poco, saboreándola, me dio algo parecido a la rabia. No quería que la tuviera ninguno de ellos. Así que puse una cantidad obscena, una locura, el doble de lo que ella pedía, de un solo golpe, para que se callaran todos y se acabara la subasta antes de que alguno se animara a más.
En su momento me pareció un disparate, tirar esa fortuna por un capricho de borracho.
Ahora, tirado en esta cama con su olor todavía encima, pienso que es lo mejor que he comprado en mi vida.
Me visto en la penumbra. Salgo sin mirar atrás, igual que salió ella, y en el auto, de camino a casa, me sorprendo revisando cada detalle como un avaro cuenta monedas: la forma en que temblaba al principio y se fue soltando, el susurro roto que se le escapó cuando ya habíamos roto todas las reglas, la manera en que me buscó ella también, sin que yo se lo pidiera. Y me doy cuenta, con un fastidio que no me esperaba, de que no me alcanzó. Que una noche fue exactamente lo contrario de lo que Emiliano prometió: no me sacó las ganas, me las despertó.
Llego a casa de madrugada. La casa está oscura y en silencio, subo a mi habitación sin encender luces, y lo primero que veo al abrir la puerta es el traje.
Ahí está, colgado frente a mí como un ahorcado, negro, impecable, con la camisa blanca ya planchada al lado y los gemelos que fueron de mi abuelo en una cajita abierta sobre la cómoda. El traje de novio. Mañana, dentro de unas horas, me lo voy a poner para casarme con una mujer que no elegí, para complacer a un padre que odio, para cerrar un negocio disfrazado de amor delante de un cura.
Y por primera vez, mirando esa tela colgada, dudo.
Dudo de verdad, con el estómago apretado, porque acabo de descubrir esta noche que todavía soy capaz de sentir algo, que no estoy tan muerto por dentro como creía, y ahora se supone que tengo que ir a enterrar eso mismo bajo un contrato firmado, atarme para siempre a una desconocida que me da igual, cuando hay otra desconocida allá afuera, sin nombre, sin cara, a la que no voy a poder buscar nunca porque ese fue el trato, y que se me acaba de meter debajo de la piel en una sola noche.
Me siento en el borde de la cama, frente al traje, y me quedo así hasta que amanece.
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No la busco, hoy me caso.
Porque buscarla es imposible, ella lo dejó claro, sin nombre, sin cara, sin rastro, y porque un hombre como yo no deja plantada a media ciudad en una iglesia por una noche que ni siquiera puede probar que existió. Así que me pongo el traje, me pongo los gemelos de mi abuelo, me pongo la cara de piedra que llevo puesta desde los quince, y voy a mi propia boda como quien va a firmar una rendición.
La iglesia está llena de gente que no conozco. Flores que no elegí, música que no pedí, y allá adelante el cura esperándome con esa paciencia profesional de quien ha casado a mil parejas que se odian. Me paro donde me dicen que me pare. Miro donde me dicen que mire. Y espero.
Entonces se abren las puertas del fondo, y entra ella.
Y tengo que reconocer, muy a mi pesar, que es hermosa. Más de lo que recordaba de la cena, muchísimo más, con el vestido blanco cayéndole perfecto y el pelo recogido y esa cara seria y digna avanzando por el pasillo hacia mí, y escucho el murmullo de admiración de los invitados, ese "qué novia tan bella" que corre por los bancos, y sé que tienen razón. Regina es de esas mujeres por las que un hombre haría estupideces.
Y yo no siento absolutamente nada.
La miro caminar hacia mí, tan bella, tan mía en unos minutos, y por dentro no hay más que un hueco, porque la única mujer que ocupa mi cabeza en este momento no es la que avanza de blanco hacia el altar, es otra, una que anoche tuve a oscuras y que no volveré a ver jamás. Miro a mi futura esposa y pienso en la desconocida. La miro a los ojos y veo los de otra que ni siquiera vi. Qué ironía tan miserable, casarme y pensando en un fantasma.
Y cuando ella ya casi llega, desvío un segundo los ojos hacia la primera fila.
Ahí está mi padre.
Sentado, erguido, con las manos cruzadas sobre el bastón, y en la cara una sonrisa que no le había visto en años. No es orgullo. No es emoción de padre. Es la sonrisa satisfecha del hombre que acaba de ganar la partida, del que me arrinconó y me trajo hasta aquí y ahora se sienta a disfrutar el espectáculo de verme firmar lo que él quería que firmara. Me mira sonriendo, y a su lado —cómo no— está Roberta, radiante, con los labios rojos, devolviéndole a mi padre una miradita que en este momento no tengo cabeza para descifrar.
Y esa sonrisa suya me hierve la sangre.
Regina llega a mi lado. Se para frente a mí. El cura empieza a hablar de amor y de para siempre, y yo aprieto la mandíbula, con la vista clavada en la sonrisa de mi padre en primera fila, jurándome en silencio, mientras juro en voz alta cosas que no siento, que este viejo se va a arrepentir de estar sonriendo así. Que voy a firmar su contrato, sí. Que le voy a dar su boda. Pero que lo de mi madre, lo único que quiero de este mundo, va a ser mío en cuanto diga "acepto".
—¿Aceptas? —pregunta el cura.
Miro a Regina. Ella me sostiene la mirada, seria, sin fingir.
—Acepto —digo.
Y no la estoy mirando a ella cuando lo digo. Estoy mirando a mi padre.







