—¡Eres un gran puto dolor de cabeza! Aunque mi esposa renegaba mi opinión sobre esa supuesta amistad, mi inquietud seguía y no te voy a permitir que le hagas daño a Dulce María, es mi hija, la niña de mis ojos y no permito que ni tu ni nadie cabrón de mierda la trate como una cualquiera y la deje por el piso
—déjeme explicarle por favor— se atreve a decir Miguel, y su frente ya está sudando, jamás había sentido la muerte tan cerca como en estos momentos
—¡Silencio!— ordenó Charles, provocando