VERONICA
Me senté en el restaurante del hospital, rodeada de mesas vacías y el murmullo de las conversaciones en voz baja. Frente a mí, dos hombres me miraban con expresiones diferentes. Uno de ellos, el que parecía ser mi amo, me observaba con una intensidad que me hacía sentir incómoda. El otro, en cambio, me sonreía con una calidez que me hacía sentir un poco más relajada.
No sabía cómo manejar la situación. Por un lado, estaba mi jefe, mi amo, que me trataba como una posesión. Por otro lado