Mujer prohibida: 6. Cristóbal y Mía se entregan
La sedujo de forma imposible, y de a poco, le fue quitando la ropa, disfrutando a plenitud de cada trozo de piel expuesta, de cada gesto y gemido.
Cuando la supo desnuda, tuvo que hacerse un poco hacia atrás para poder admirarla. Era perfecta. Todo de ella lo era. El cabello en su rostro. Los labios ligeramente hinchados y las pupilas dilatadas. Su piel blanca. Ojos claros, brillantes, únicos. Ligeros lunares adornando largamente su piel.
— Eres tan hermosa, Mía — la aduló en voz baja, mientras