El peor castigo: 28. ¿Estabas preocupada por mi?
Asustada, Emma tomó a su hija en brazos y la pegó protectoramente a su pecho, observando cómo todas las ventanas a su alrededor se cerraban de a poco hasta terminar de oscurecer la habitación. Voces se escuchaban de la parte de abajo. Gritos, órdenes y también pasos apresurados.
De repente, su móvil vibró sobre la encima. Era Matías, reconoció enseguida. Contestó sin dudar, pero, antes de que pudiera decir nada, él habló primero.
— Emma, ¿estás en la habitación de Mía? — se escuchaba demasiado a