53. ¡Es mi culpa!
Esperó paciente. Nadie se atrevería a ponerle un dedo encima a su mujer. No si estaba él para impedirlo.
Cuando uno de sus guardias le avisó sobre la presencia de agentes en el hospital, Cristóbal miró de soslayo a una Amelia que dormía profundamente, luego salió de la habitación haciendo presión en una de las heridas que tenía a un costado.
— Señor Cienfuegos, lamentamos venir hasta acá tratándose de un momento delicado de salud para usted, pero…
— Sé a lo que han venido — interrumpió de tajo,