Lo único que me importa es la pura necesidad carnal rugiendo dentro de mí.
Antes de que el pensamiento racional pueda abrirse paso, agarro la cabeza del hombre y acerco su rostro al mío.
Nuestros cuerpos se fusionan: labios, pecho, caderas.
La mesa es alta, pero él también. Lo suficientemente alto como para que nuestros centros coincidan perfectamente. Mientras alcanzo y le desabrocho la bragueta, él agarra la cinturilla de mi bata y me la tira hacia abajo.
“¿Qué estoy haciendo?” pregunto en vo