AMIRA
TREINTA MINUTOS ANTES
Una vez que estoy seguro de que no hay nadie tras de mí, doy media vuelta. Me mantengo en las sombras, doblo la esquina y camino por el callejón.
A través de una de las mugrientas ventanas, vislumbro a Taras y a sus hombres acurrucados en un cubículo de la esquina. No obstante concentro mi atención en el pequeño aparcamiento que hay detrás del bar.
Un puesto del estacionamiento está ocupado por un automóvil de lujo, negro con cristales polarizados. Está con el motor