Nadie sabe lo que tiene. Capítulo 14. Las maquinaciones de un hombre.
La risa de Leonor resonó en las paredes del restaurante. Dio un manotazo juguetón a Donova, que acababa de relatar otra de sus infames travesuras de oficina. Cada vez que ella sonreía, los ojos de él se arrugaban de alegría, con una silenciosa admiración expuesta en su mirada.
—¿En serio, Donova? Es que si no fueras socio de tu empresa te despedirían —, bromeó ella, sin darse cuenta de la profundidad de su afecto.
Para ella, él era la roca en la que siempre podía apoyarse, sin sospechar nunca q