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CAPÍTULO 3. El juicio de las brujas

La bofetada resonó tan fuerte que Nolan se quedó aturdido, furioso, sujetándose la cara mientras Lauren lo empujaba con fuerza y corría al otro lado de la habitación. Se envolvió en una bata y su mano se cerró sobre una lámpara.

—Si me tocas de nuevo yo voy a ir a la cárcel, ¡pero a ti tu madre te entierra mañana! -le gritó. 

—¡Me asfixia cuando eres así! —escupió él con desprecio—. ¡Todo se va a los extremos contigo! Por eso nunca fue buen momento para un hijo.

Lauren sentía que el corazón se le rompía con cada palabra, entendiendo que había sido compleamente ciega.

—¿En general? ¿O conmigo?

—Tú sabías desde el principio que mi prioridad era la empresa —se defendió él—. Nunca te prometí hijos…

—¡Te pregunté durante ocho años! —espetó Lauren—. ¡Ocho! ¡Si nunca quisiste hijos conmigo… ¿por qué no me dejaste ir?!

Nolan la miró como si la pregunta le pareciera ingenua, casi infantil… Como si disfrutara respondiéndola.

—Porque funcionabas —respondió por fin—. Eras estable. No exigías. Encajabas en la vida que yo necesitaba.

—¿Eso es todo? —susurró ella—. ¿Conveniencia? ¿Comodidad?

—¿Y tú no te has dado cuenta de que para un hombre es suficiente con una mujer que no moleste? —escupió Nolan—. Me habría conformado con que siguieras sin estorbar.

Lauren abrió la boca para responder, pero él ya estaba levantando la mano, impaciente.

—¿Sabes qué? Si no vas a servir para follar cuando tenga ganas y ser bonita en público, entonces voy a tener que replantearme para qué carajo sirves.  

Salió de la habitación sin esperar respuesta y cerró la puerta con un golpe seco.

La realidad era simple: se había casado con ella porque le resultaba útil y era silenciosa… y además estaba Nexus: el modelo que ella había construido casi sin darse cuenta, en noches largas frente al portátil, hablándole de “solo una idea”, de “una forma más eficiente de ordenar datos”. Nolan había visto el valor del algoritmo desde el principio, y había empezado a usar una de sus extensiones en su propia empresa sin que Lauren lo supiera.

Ahora que la empresa estaba en peligro, necesitaba Nexus más que nunca, así que seguía necesitándola callada y para conseguirlo, lo más eficiente era que su familia actuara.

Por eso al día siguiente cuando Lauren salió del cuarto de huéspedes, se dio cuenta de que Dorothy había convocado a todos para una reunión familiar que más bien parecía el juicio de las brujas.

Nolan estaba sentado en el centro, tranquilo, seguro. A su lado, su madre. Más allá, sus dos cuñados, Dell y Daphne.

—Vas a tener que empezar por disculparte con Nolan —le advirtió su cuñada sin saludarla—. Lo dejaste muy mal parado anoche.

—¿De verdad creen que el problema soy yo? —preguntó Lauren, provocando un silencio incómodo.

—Si no puedes aceptar que no eres la prioridad en la vida de mi hijo, la respuesta es sí. ¿Por qué mejor no tomas terapia o algo? —se burló Dororthy.

—¿Me están diciendo loca?

—¡Te estamos diciendo que no estorbes! —respondió Dell con impaciencia—. Nolan no puede permitirse más distracciones. ¡El show que hiciste ayer delante de los inversionistas no se puede repetir! Esta familia depende de que Nolan saque adelante la compañía de este bache y tú…

—¡Esta familia depende de él porque ninguno quiere mover un dedo para trabajar por sus propias vidas! —replicó ella.

—¡Y ese no es tu puñetero problema! —le gritó su cuñado—. Nosotros somos su sangre, tú no. ¡La única aquí que no es familia eres tú!

Lauren apretó los puños, pero ver a Nolan permanecer al margen lo decía todo: su esposo no iba a defenderla, él había organizado el juicio para conseguir respaldo.

Se dio la vuelta sin decir otra palabra y volvió a la habitación de invitados. Pensó en los años esperando, en su sueño de ser madre, en el trabajo que había dejado para encargarse de la casa de Nolan, la familia de Nolan, la vida de Nolan, y comprendió algo con una espantosa claridad: si se iba, nadie lo notaría.

Esa noche, cuando bajó, se lo encontró sentado en el comedor, confiado, como si esperara una con disculpas.

—Ya tomé una decisión —murmuró Lauren y lo vio sonreír con suficiencia—. Quiero el divorcio.

La sonrisa se borró en un segundo y Nolan la miró sin parpadear, como si intentara encajar esa frase en una realidad donde él siempre decidía cuándo algo empezaba y cuándo terminaba.

Luego soltó una carcajada, áspera, despectiva.

—¿Tú? —preguntó despacio, levantándose de la silla—. ¿De verdad crees que eres tú la que decide algo aquí? —La negación fue lo primero en llegar—. Solo tú podrías tener una reacción tan infantil. Ayer te humillaste delante de mis socios, hoy estás avergonzada y mañana se te pasará. No voy a tomar en serio algo que claramente no has pensado.

—Lo pensé anoche —dijo Lauren—. Cuando entendí que contigo nunca voy a ser madre.

Y esa palabra cambió todo. La burla se borró del rostro de Nolan y fue reemplazada por una mueca dura, ofendida.

—¡Yo te di una vida! —gruñó—. Te di estabilidad. Te di seguridad. Te di un lugar en esta casa. ¡¿Y tú quieres tirarlo todo por una obsesión?!

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