KATIA VEGA
Cuando estuve casada con Marcos nunca lo visité en el trabajo, sabía que eso lo molestaría y significaría un castigo ejemplar, pero ya no estábamos casados y ya no me podía hacer nada. Aun así, al estacionarnos frente al edificio, no pude evitar que se me retorcieran las entrañas.
—¿Estás segura? Podemos irnos y fingir que jamás se nos ocurrió regresarle una finca de cincuenta millones —dijo Rosa claramente preocupada.
—¿Temes que no la acepte de regreso? —pregunté torciendo la boca.