ARTURO VEGA
La llamada fue breve y concisa. Pude reconocer el acento de quien me atendió. ¿Estaba contactando a rusos?
Llegué al restaurante más elegante de la zona, con miedo de que me fuera encontrar Arriaga antes de que pudiera llegar a un acuerdo.
—Reservación para Alex Hart —pedí a la «hostess» quien con una sonrisa me invitó a entrar al lugar.
Por curioso que pareciera, noté que no había ninguna mesa ocupada. Revisé mi reloj, no era tan temprano como para creer que las actividades del