LISA GALINDO
Caí al piso en cuanto este vibró con la fuerte explosión, al mismo tiempo escuché la detonación del arma de Antonio y con desesperación busqué a Arturo, encontrándolo en el suelo, inerte, como mi corazón.
—¡Arturo! —exclamé horrorizada y un zumbido se apoderó de mis oídos.
Antonio estaba recargado contra la pared, aún sin equilibrio. Llena de furia y llorando, tomé el bastón de Arturo y me precipité hacia ese maldito criminal mientras mantenía la guardia baja, desenfundé la nava