ARTURO VEGA
—Antonio… —intervino Lisa, poniéndose entre los dos, sin dejar de desviar su mirada hacia la mujer que estaba postrada en el suelo, parecía que la conocía—. Pienso alegar a lo bueno que hay en ti, porque, aunque te burles, sé que lo hay, lo vi, Emilia me lo mostró.
Las mandíbulas del criminal se tensaron y sus ojos se entornaron con desconfianza.
—Hay algo bueno en ti y lo sabes. Cuando Emilia estaba en la villa, te volviste más…
—Débil… —la interrumpió, escupiendo la palabra con