ARTURO VEGA
La tomé en mis brazos antes de que su delicado cuerpo cayera al suelo y, pese al vestido, se sentía liviana. No supe cuanto tiempo me quedé viendo su rostro, convenciéndome de que era real, su respiración era suave, pausada, sus pechos se movían suavemente contra el mío, parecía un hermoso ángel con cabellos de fuego y sabía que debajo de esos párpados se escondían dos zafiros del color del cielo.
Había recuperado mi infierno y mi paraíso, todo reunido en la misma mujer, envuelto e