LISA GALINDO
—¡Suficiente! ¡Deja de pelear! —exclamó Antonio tomándome por las muñecas y presionándome con su cuerpo—. Vete haciendo a la idea que, de ahora en adelante, tienes responsabilidades como mi mujer.
—Prometiste que no me tocarías…
—¿Crees que alguien como yo tiene palabra? —preguntó divertido.
—Pensé que lo harías por Emilia… —Noté como el nombre de esa pequeña transformó su rostro en tristeza.
—No la vuelvas a mencionar —dijo con una mezcla de melancolía y coraje.
—Ella te tenía