Cuando la toalla se deslizó de las manos de Anna, un jadeo escapó de sus labios y sus mejillas se tiñeron de un intenso rubor, mezclando vergüenza y vulnerabilidad. La disculpa inmediata de Stephen fue un salvavidas en aquel momento, y ella se apresuró a volver a envolver su cuerpo con la toalla, mientras su corazón seguía latiendo con fuerza.
Con la voz ligeramente temblorosa, Anna logró asegurarle que no pasaba nada, aunque sus nervios aún seguían alterados por el inesperado incidente. Había