Annabel llegó a casa del trabajo refunfuñando entre dientes. Aún estaba hecha una furia por la sobrecarga de trabajo que le había impuesto su jefe; deseaba con todas sus fuerzas tener a alguien con quien desahogarse, pero no quería contárselo a Jenny por miedo a sus críticas. Jennifer solo se encargaría de recordarle la gran oportunidad que había dejado ir por mucho menos.
Al llegar a la puerta, ni se molestó en llamar, ya que tenía su propio juego de llaves. Abrió el cerrojo, empujó la puerta