Mr. Blackwood soltó un ligero gemido al abrir los ojos. La habitación seguía en penumbras, ya que aún no habían descorrido las cortinas. Se preguntó cuánto tiempo llevaría dormido; por lo general no tenía un sueño profundo, pues sus años de dificultades le habían dejado un insomnio de herencia.
Al girarse hacia el otro lado de la cama, presintió que algo no andaba bien. Frunció el ceño tratando de recordar qué era lo que le inquietaba, hasta que la idea le cruzó la mente: ¡Annabel!
Mr. Blackwoo