La puerta del despacho se abrió con un crujido que resonó en el aire denso del lugar. El sonido pareció detener el tiempo por un instante. Kamill Becker, el hombre que regía con mano de hierro el imperio criminal ruso, no dejó de escribir en su escritorio, pero sus ojos, aquellos ojos verdes que parecían iluminar las sombras de su propia alma, se alzaron lentamente hacia la entrada, sabia que la amazona estaba alli, pero el ambiente se sentíat totalmente diferente.
Una figura encapuchada en neg