En casa, Barbará dejó caer sus cosas en la entrada y se arrastró hacia el sofá. Se recostó en él, cerrando los ojos un momento. La sensación de incomodidad seguía presente, pero poco a poco se había ido disipando. Se quedó allí con las manos sobre el estómago, los pies apoyados en la cómoda que aún tenía algunas cajas sin abrir.
A pesar de llevar dos años en el departamento, muchas cosas seguían en cajas. Era como si se hubiera acostumbrado a vivir de manera provisional, sin intención de asentar