CAPITULO 10: La vigilia

POV LYRA

Despierto con la sensación de que alguien me observa.

No es miedo inmediato. No es un sobresalto. Es algo peor: una certeza silenciosa, instalada en el pecho antes de que abra los ojos. Mi respiración es lenta, controlada, como si mi cuerpo supiera que cualquier movimiento brusco podría romper algo invisible.

No hay nadie en mi habitación.

La luz de la mañana se cuela por la ventana con normalidad, dibujando sombras familiares en el techo. Mi escritorio, mis libros, la mochila tirada sobre la silla. Todo está exactamente donde debería estar.

Y aun así… algo no encaja.

Me incorporo despacio, apoyando los pies descalzos en el suelo frío. El contacto me ancla un poco. Respiro hondo. Mi corazón sigue acelerado, como si hubiera corrido kilómetros en sueños.

Porque soñé.

Lo recuerdo con una claridad que no es normal. No fue confuso. No fue fragmentado. Fue real. Demasiado real. El lugar sin forma, la niebla, la sensación de presencia… y él.

Trago saliva.

No debería poder recordar un sueño así. No debería poder sentir todavía el peso de su mirada, la presión en el pecho cuando estuvo frente a mí, sin tocarme.

Me froto los brazos. Tengo la piel erizada.

—Solo fue un sueño —murmuro, aunque no me convenzo.

Me levanto y camino hacia la cocina. Cada paso se siente… distinto. No más pesado. Al contrario. Más firme. Como si mis músculos estuvieran despiertos antes que yo.

Mary ya está ahí.

La encuentro de espaldas, moviéndose con esa calma suya que siempre me ha tranquilizado. Hoy no. Hoy su presencia me incomoda un poco, como si supiera algo que yo no.

—Buenos días —dice sin girarse.

—Buenos días.

Mi voz suena normal. Eso me alivia.

La taza de té está sobre la barra.

Me detengo frente a ella.

Anoche no la tomé. Lo sé. Y el recuerdo del bar, del olor, de la voz en mi cabeza, se me viene encima con demasiada fuerza.

No quiero volver a soñar eso.

No quiero volver a sentir esa mezcla de atracción y miedo, de calma y peligro. No quiero volver a estar frente a alguien que me mira como si supiera cosas de mí que yo no sé.

Así que tomo la taza.

Mary me observa de reojo, disimuladamente. No dice nada. No pregunta. Pero su atención es total.

Bebo.

El sabor es amargo, herbal, conocido. El líquido caliente baja por mi garganta y algo en mí se acomoda. No desaparece. No se apaga. Pero se ordena. Como si el ruido interno bajara de volumen.

Cierro los ojos un segundo.

El efecto es inmediato.

No me siento adormecida. No lenta. Al contrario. Mi mente se despeja. Mis pensamientos dejan de atropellarse. Mi respiración se regula. La ansiedad cede.

Pero hay algo más.

Me siento… activa.

No inquieta. No nerviosa. Activa. Presente en mi cuerpo de una forma que no recuerdo haber sentido antes.

Abro los ojos.

—¿Te sientes bien? —pregunta Mary, casual.

—Sí —respondo—. Solo… cansada.

No es mentira. Pero no es toda la verdad.

Me preparo para ir a la universidad como siempre. Ducha rápida. Ropa cómoda. Jeans, camiseta, sudadera. Me recojo el cabello sin pensar demasiado. Me observo en el espejo un segundo más de lo habitual.

Mis ojos se ven más claros.

No diferentes. Pero… más atentos.

Sacudo la cabeza. Estoy sugestionada. Eso es todo.

Salgo de casa con la mochila al hombro, respirando el aire frío de la mañana. El vecindario está tranquilo. Demasiado. Camino hacia la parada del autobús con esa sensación persistente de que algo —o alguien— sabe que estoy despierta.

Me siento en el asiento junto a la ventana. El trayecto es el de siempre. Las mismas calles. Los mismos edificios. Pero mi atención no se dispersa como antes. No me pierdo en el teléfono. Observo. Analizo. Escucho.

En la universidad, el bullicio me envuelve de inmediato. Voces, risas, pasos apresurados. Saludo a un par de compañeros, intercambio comentarios triviales, sonrío cuando se espera que sonría.

Funcionar. Siempre he sido buena en eso.

Me siento en el aula de biología, saco mis cosas, abro el cuaderno. El profesor empieza a hablar de procesos celulares, de adaptaciones genéticas, de cómo algunos organismos desarrollan capacidades extraordinarias en entornos hostiles.

Las palabras deberían interesarme.

Lo hacen.

Pero mi mente se escapa igual.

El bar.

El olor.

Chocolate. Algo más oscuro. Masculino.

La forma en que mi piel reaccionó antes que mi cabeza. La forma en que mi cuerpo sabía cosas que yo no.

Y luego el sueño.

Aprieto el bolígrafo con fuerza.

No fue erótico. No fue romántico. Fue… intenso. Como si me hubieran colocado frente a algo verdadero sin darme contexto. Como si alguien hubiera abierto una puerta que no sabía que existía.

Anoto palabras sin pensar. El trazo es firme. Demasiado firme.

Me doy cuenta de que llevo toda la clase sin sentirme torpe. Sin fingir torpeza. Mis movimientos son precisos. Mi postura, relajada pero alerta.

Eso debería inquietarme.

Me inquieta.

En el descanso, Ethan se acerca.

—Oye —dice, sonriendo—. Ayer te fuiste rápido.

Asiento.

—Sí, lo siento. Me sentí un poco mal.

—¿Estás mejor?

—Sí.

No del todo. Pero no puedo explicarle por qué.

Ethan me mira con esa expresión suya, abierta, sincera. Me toma del brazo con suavidad, sin invadir. El gesto debería tranquilizarme.

No lo hace.

No siento rechazo. Tampoco deseo.

Siento… distancia.

Y la culpa vuelve.

—Sobre lo de ayer… —empieza.

—Ethan —lo interrumpo—. Luego hablamos, ¿sí? Tengo que ir al laboratorio.

Asiente, aunque parece decepcionado.

Me alejo rápido, con el corazón un poco apretado. No fue justo besarlo. Lo sé. Fue impulsivo. Egoísta. Una reacción.

Y lo peor es que no me arrepiento del beso en sí… sino del motivo.

En el laboratorio, el olor a desinfectante y metal me devuelve algo de enfoque. Me pongo los guantes, sigo instrucciones, me concentro en la práctica. Mis manos se mueven con seguridad. Mis observaciones son certeras. El profesor asiente cuando le muestro mis resultados.

—Buen trabajo, Lyra —dice—. Tienes buen ojo.

Le sonrío, incómoda.

No siempre fue así.

Durante el almuerzo, me siento sola. No por aislamiento, sino por necesidad. Necesito silencio. Necesito ordenar pensamientos que no encajan.

El té sigue haciendo efecto. Me mantiene calmada. Centrada. Pero no apaga el recuerdo. No borra la sensación de presencia. Solo la mantiene… contenida.

Y en algún punto del día, sin aviso, la certeza vuelve.

No me está mirando ahora.

Pero sabe dónde estoy.

La idea me recorre la espalda como un escalofrío lento.

Cuando termina el día y regreso a casa, estoy agotada de una forma extraña. No física. Mental. Como si hubiera pasado horas vigilando algo invisible.

Entro a casa, saludo a Mary, subo a mi habitación.

Me dejo caer en la cama y miro el techo.

—No quiero volver a soñar contigo —susurro, sin saber a quién le hablo.

Cierro los ojos.

Y aunque el té mantiene mi mente clara, aunque mi cuerpo se relaja… algo en mí permanece despierto.

Atento.

Esperando.

Como si, muy en el fondo, supiera que esto no terminó en el bar. 

Ni en el sueño.

Sino que apenas comenzó.

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