CAPÍTULO 46
Desde el instante preciso en que las palabras "Por supuesto que no" abandonaron los labios de Alexander, él supo que había cometido un error de cálculo monumental.
No fue necesario que nadie se lo dijera. No hizo falta que Lucía le lanzara una mirada de decepción infinita, ni que Alina dejara caer la mandíbula. La confirmación del desastre llegó desde abajo, desde la altura de un metro diez.
Alexander miró a Mateo. El niño, que segundos antes lo había observado con la admiración res