11.
Daniel.
—¡Carajo, Francis!
Se estruja el cabello al mismo tiempo que da vueltas por la oficina incapaz de estar tranquilo, mientras yo lucho con las ganas que tengo de tomarlo del cuello y recolocarle las neuronas a puñetazos.
—Ahora es cuando me tomas por el cuello y me entras a puñetazos. —dice apoyando ambas manos en el escritorio y mirándome fijo. —Los necesito...
—Créeme, que ganas no me faltan. —ahora soy yo quien se levanta impaciente. —Siempre has sido estúpido, pero no creí que las mu