La mujer miró a su esposo totalmente nerviosa. No podía creer que habían descubierto un secreto que ella creía enterrado desde hace años. Mucho menos podía creer que aquella muchacha se encontraba viva.
—Nada, no he dicho nada.
—¡Repite lo que has dicho!
—Vamos, repítelo —insistió Vera, con una enorme sonrisa en su rostro.
—¡Tú no puedes estar viva!
Vera sonrió aún más, de una manera tan diabólica que asustó a ambos.
—Bueno, los dejaré que ustedes hablen. Al final de cuentas, no sé de quien esa